Podemos, el antifranquismo y los himnos

Segur que tomba / Segur que torna (Imagen tomada de diagonalperiodico.net)

(¿Qué es un blog hoy en día sin una reflexión crítica sobre Podemos y la vertiente patria del efecto Godwin? Nada, probablemente)

Suelo estar de acuerdo con Ramón de España -¡Anatema!-, al menos en los tiempos no tan lejanos de sus encuentros con Amigos y vecinos en El País, pero en este particular estoy aún más de acuerdo: la selección musical de Podemos es pésima. O me lo parece.

Hablar de la importancia de los himnos –de la música- como nexo generacional sería tan prolijo como redundante. Pero aceptando la premisa de que todo cambio necesita un himno (de La Marsellesa a la Velvet), recurrir –otra vez- a L’Estaca como canto coral resulta anacrónico.

Entiendo los motivos que pueden llevarles hasta la canción de Llach. L’Estaca emparenta al movimiento con la lucha antifranquista, aunque caiga en la trampa emocional de equiparar la dictadura con lo que Pablo Iglesias denomina “el régimen del 78” –que no es otra cosa que el régimen democrático más largo de la historia de España, lo que nos convierte a todos en habitantes de una benevolente excepción histórica. Poca broma al respecto-.

Puedo entender la trampa emocional, claro, que además permite que el movimiento no sea una cosa generacional, sino vertical: muchos mayores, más cerca de la jubilación que de la mediana edad, que todavía no se han perdonado que Franco muriera en la cama y no enterrado entre claveles. Y los himnos de juventud son poderosos.

(Dalí, explica Ian Gibson en Vida desaforada de Salvador Dalí, pasó sus últimos días escuchando viejos discos de los años 20. Y desarmado por la nostalgia, quizá el arrepentimiento y desde luego por la muerte, lloraba.)

(Es, además, curioso el fenómeno del antifranquismo tardío. Al margen de la obviedad de que, aparentemente, toda la España de los 70 corrió alguna vez ante los grises, cosa que parece exagerada por imposible, resulta curioso ver a tantas personas de edad provecta queriendo ser parte de la historia cuando la historia les ha superado. Pasa también con la Movida madrileña: si todos los que dicen haber estado en la Vía Láctea lo hubieran hecho con la regularidad que dicen, el aforo del local debería haber sido, por obligatoriedad matemática, el del Santiago Bernabeu. De igual manera que, dice algún texto sagrado, en la vejez el diablo te probará de amor, en la vejez, el diablo, en forma de mala conciencia, nos prueba de compromiso. Y ver que uno pasó su juventud en los setenta, la década de la lucha antifranquista, democrática y por una transición que resultó mejor de lo que los análisis del hoy dibujan –la historia hay que contarla en sus circunstancias-; ver que uno pasó esa juventud, decía, procurando no ser aplastado por las circunstancias provoca un sentimiento de culpa que le lleva, ya con la vida hecha, a retomarse en sus años jóvenes y patalear lo que no se pataleó entonces. Tampoco es nuevo: en aquellos setenta fueron los cachorros de la izquierda los que recogieron el fruto sembrado por el PCE y el PSUC, y es normal y lógico que pase: cualquier cambio es pasar, sencillamente, de lo viejo a lo nuevo. También sucedió en la derecha, con los alevines franquistas que se descubrieron demócratas, a veces por conveniencia y a veces por convicción.)

(Al hilo del paréntesis anterior: contaba Gregorio Morán en Jot Down que la irracionalidad de la lucha antifranquista le había llevado a oír historias imposibles de un tipo que presumía de ser el que llevaba clandestinamente a Felipe González, entonces Isidoro, a reunirse con los mineros asturianos en los años a.S. –antes de Suresnes, o quizá antes de Suárez-. Y decía Morán, asturiano para más señas, que la historia le resultaba increíble por imposible. “Yo he pasado por Pajares miles de veces y nunca ha habido allí ni una pareja de la Guardia Civil. Además, si la hubiera habido, no habrían conocido a Felipe. Pues ahora la gente va y se inventa la clandestinidad donde no la hubo”. Finalmente, cruzar los Picos de Europa clandestinamente se ha convertido en, por emplear nomenclatura actual, postureo. Porque Felipe no era Carrillo, entre otras cosas.)

Decía, bastante más atrás en el texto, que los himnos son importantes. Poderosos. Y que la elección de L’Estaca, por trasnochada y recurrente, resulta tan aburrida como un capazo de mimbre, muy popular por cierto en el postfranquismo aunque, por fortuna, no ha vuelto a estar de moda.

En todo caso, Pablo Iglesias, por lo demás sabinista convencido, sabe lo que hace. Porque l’Estaca tiene un valor: es una elipsis. Volverse a ver en Madrid, en el ámbito de la universidad, cantando en catalán, enfrentado a un gobierno conservador, en un ambiente de crisis, conecta dos puntos tan distantes en la historia como el primer lustro de los setenta del siglo pasado y el segundo de los años diez del siglo XXI. A todos los efectos, lo sucedido entre ambas fechas, sentimentalmente hablando, o no ha sucedido o si ha sucedido es como continuidad de lo anterior.

Segur que tomba. Tal vez. Segur que torna. Desde luego.

Suelo estar de acuerdo con Ramón de España, decía muy al principio. Y sobre todo con su sugerencia de himno para Podemos, también enraizado en los setenta, con lo cual la elipsis podemita está a salvo: Children of the Revolution, de T-Rex, es una canción mucho más adecuada como himno que la manida estaca, que de tanto manoseo ha sido alzada y tumbada tantas veces que ya no es tronco, sino esqueje.

Escuchad y juzgad vosotros mismos:

Y sí, es cierto: seguramente el verso I drive a Rolls Royce / Cause it’s good for my voice daría para más de un comentario sonrojador. Pero todo es útil, realmente. Hasta podría tomarse como dardo de ironía en respuesta a lo de Monedero, con la que le está cayendo.

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