El recorte de Sañudo

‘Tuto’ Sañudo.

Para que un Barça B-Racing de Santander levante expectación en Barcelona tiene que ser extraordinario. Y aquel partido del 3 de abril de 1993 lo era. Fue el primero de Jordi Cruyff, hijo del entonces entrenador del FC Barcelona, Johann Cruyff en el filial del Barça.

Jordi, entonces de 19 años, iba a tener enfrente a Tuto Sañudo, de 35. El central cántabro había debutado en Primera con el Racing en la temporada 78/79, y ya había anunciado que aquel curso 92/93 iba a ser su último en activo. Sañudo no jugó contra Johan Cruyff por cuestión de meses –el holandés dejó el Barça en el verano de 1978, el mismo verano en el que Tuto subió al primer equipo racinguista-, pero sí lo haría ante su hijo, también por poco margen. La cabalística era fácil, y también el contraste: el hijo del revolucionario del fútbol iba a tener enfrente a un veterano y severo central de la vieja escuela.

El Racing no jugó bien aquel partido. O al menos, la primera parte. Con un equipo hecho en Cantabria –una suma de canteranos y veteranos retornados al Racing le llevaban a formar habitualmente con siete u ocho jugadores de la tierra-, el viejo y honesto –entonces, desde luego- Racing se había fijado el objetivo de volver a Primera tras un lustro en el que le había pasado de todo: desde descender en aquel playoff infame a verse arruinado y perder su campo, los viejos Campos de Sport de El Sardinero. Tan mal estaban las cosas que dos años antes había bajado a Segunda B, después de veinte temporadas seguidas entre Primera y Segunda.

Para que nos entendamos: aquel Racing estaba casi tan mal como lo está ahora.

El Racing no jugó bien aquel partido. A los tres minutos –lo vi en el campo, y me dolió- Pablo Maqueda puso el 1-0 a favor del filial azulgrana. Y en el 29 llegó el 2-0. Aquel Racing de Paquito –y el actual lo era de Paco, hasta hace bien poco- no estaba jugando a nada, y era para preocuparse. El equipo llevaba casi un mes sin ganar y la de Barcelona era, iba a ser, la cuarta derrota en cinco partidos. El ascenso, que era el objetivo, tendría que esperar.

Quién sabe cuánto.

Y empezó la segunda parte. Y el Barça B presionaba. Vaya si presionaba.

De repente, el centro del campo del Barça se sacó un pase diagonal y raso hacia la zona del extremo izquierdo, en busca de la carrera de Jordi Cruyff. Sañudo vio el desajuste de la defensa y corrió a cerrar el espacio. Lo vi cerca, muy de cerca, porque la pelota se dirigía hacia la zona del campo en la que yo estaba.

Sañudo iba a ganar la carrera, pero no por mucho. Así que no quedaba más que despejar el balón. Pero Jordi, debutante, no podía dejar de ir al choque. Y saltó, buscando el rebote del despeje, y quizá la ventaja.

Pero Sañudo, el veterano y tosco central de hierro, era un viejo zorro. Y delante de Jordi Cruyff se sacó de la chistera un recorte que acabó con el hijo del legendario holandés saltando hacia la nada. Y que me levantó del asiento, y que me arrancó un aplauso que nadie a mi alrededor entendió.

Aquella jugada no acabó en gol del Racing, pero casi. Pocos minutos después, De Diego sí encontró puerta. El Racing despertó y aunque no se llevó el partido, si se encontró a sí mismo.

Aquel Racing de Santander se reforzó con Zigmantovich y Michel Pineda y se redibujó como equipo. Disputó doce partidos más ese curso: ganó diez, perdió uno y empató otro. El último, el que se podía permitir el lujo de empatar: el partido de vuelta ante el Espanyol que significó el ascenso a Primera División.

Seguramente, aquel recorte de Sañudo no significó nada. Pero en mi imaginario, fue esa jugada, valiente, inesperada y genial, la que relanzó al equipo. El club abrió entonces una época dorada, su época dorada. 18 temporadas en Primera, un par de semifinales de la Copa del Rey y un viaje la UEFA, donde gritamos por el gol de Colsa. Y también vinieron años de excesos que hoy se pagan.

O mejor dicho: que hoy no pueden pagarse.

Pero aquel Racing de 1993 no era tan distinto al de ahora. En aquel equipo ya estaban Ceballos, Roncal, Esteban Torre y Geli, ninguno con más de 23 años; ahora están Saúl, los San Emeterio, Concha y Mario. Entonces, como ahora, algunos veteranos de tiempos mejores habían vuelto para devolver al Racing a su tiempo: Quique Setién, Gelucho, el propio Sañudo. Los nombres de hoy –Oriol, Samuel– tienen menos lustre, pero están. Que es lo que importa.

Hay diferencias, claro. Económicas, sobre todo. Al Racing le vendría muy bien poder fichar a un nuevo Michel Pineda, un delantero que hiciese lo que aquel esa temporada: meter los siete u ocho golucos que hacen falta para conseguir el objetivo. Eso lo sé yo y lo sabe todo el mundo, pero no hay con qué fichar.

Pero el Racing, este Racing de hoy, tiene lo que no tenía aquel: un grupo de gente que trabaja por darle aliento. Que trabaja aunque no haya mimbres y poco a poco se consuma la esperanza. La gente de AUPAAgustín Ibáñez es uno de ellos- y el propio Sañudo, que tienen mi modesta gratitud y apoyo –también como pequeño accionista-. Tal vez fracasen, tal vez se equivoquen. Tal vez me equivoque. Pero están, y eso es lo que importa.

Están. Aunque llueva o sople Sur.

Siempre hay lugar para la esperanza. O para la suerte. Pero mejor que la suerte, si existe, te encuentre trabajando.

Siempre hay lugar para la esperanza. Y en esta historia de Sañudo y su recorte se esconde un ejemplo: Muchos de aquellos jugadores que no pudieron ganar al Barça B –Ceballos, Merino, Esteban Torre, Quique, y también Roncal, Juan, Zigmantovic, Mutiu-, menos de dos años después, le estaban metiendo cinco al Barça de Cruyff.

Eso pasó, y Jordi Cruyff y Angoy lo saben. El resto, lo vivimos.

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