Dimisiones y adversativas

Ada Colau. | Joan Sánchez/ El País

Una de las grandes paradojas que se oculta en el caso de Guillermo Zapata, concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid al que, sin tiempo material para haber iniciado su tarea, ya le piden la dimisión por una serie de tuits ofensivos publicados en 2011 es que Zapata ya ha dimitido. Ha dimitido de su responsabilidad personal. Su actuación tras la polémica fue cerrar su cuenta, dejar pasar la tormenta, y reabrirla inaugurando su timeline con dos retuits exonerantes. Así lo resume y analiza el corresponsal en Bruselas de El Mundo, @suanzes

“La gran expropiación de la nueva política es la primera persona del singular, o sea la suspensión de responsabilidades individuales”, escribía en El País Manuel Jabois a colación de una entrevista con Ada Colau. Detrás de las peticiones de dimisión de Zapata, o más allá de ellas, se esconde este nuevo principio. Las manifestaciones de alegría en distintas ciudades de España tras las constituciones de nuevos ayuntamientos virados a la izquierda están emparentadas, de alguna forma, con la polémica de Zapata y el apunte de Jabois. Se pueden entender como la lógica celebración de un triunfo, de una mayoría. Un “por fin les hemos echado”, en el contexto de que todos, en una u otra medida, nos consideramos víctimas del Gobierno. Y más en un contexto de crisis económica. No es un fenómeno exclusivamente español: a fecha de 2012, 19 gobiernos europeos habían caído por la crisis iniciada en 2008. Esas celebraciones no son tanto manifestaciones de alegría como exorcismos. Si, es cierto, les hemos echado. Pero también, aunque nos cueste reconocerlo, les habíamos puesto. La suspensión de la responsabilidad personal que cita Jabois es colectiva. El exorcismo nos anula la memoria, y perdemos el recuerdo de que, afortunadamente y desde hace 36 años, quien nos gobierna es quien elegimos que nos gobierne. No somos, ni seremos, responsables de la gestión de los elegidos, pero sí de elegirlos. Conviene recordarlo por si, en el futuro, alguno de los ayuntamientos constituidos en aplauso el 13 de junio de 2015 se disuelve en escándalo.

[El artículo que hoy publica Manel Pérez en La Vanguardia, con el explícito título de La farsa de las comisiones de investigación, abunda en este particular. Dice Pérez, a colación de la comisión de investigación en el Parlament por el Caso Spanair: “Una vez más, sus señorías han encontrado la manera de no sentirse responsables de nada de lo que ocurre”. Comisiones de exoneración, deberían llamarse.]

El caso de Guillermo Zapata, decía, esconde paradojas. Otra de ellas es que, precisamente, haga cuatro años de aquellos tuits. La celebración de la desmemoria –las municipales de 2011, por tomar el plazo más corto- fue también una celebración de la memoria: la nueva memoria digital. Internet nos ha provisto de un disco duro externo y colectivo que nos permite recordar. Aunque luego nuestro disco duro interno filtra la información, selecciona y recuerda sólo lo que quiere. Y de ahí las paradojas. Las incongruencias.

Y es comprensible, por otra parte. Yo mismo no sé si hoy podría defender todo lo que he dicho o retuiteado en mi timeline de Twitter. 15.400 tuits dan para mucho, y Twitter no es una plataforma pensada para la reflexión. Pero aunque tenga derecho a defender que, con el tiempo, uno cambia de opinión, reflexiona o se arrepiente de lo hecho en el pasado (negarlo es negar nuestra capacidad para evolucionar), lo que no puedo negar es el hecho en sí. Ni el juicio sobre el mismo: el derecho a equivocarse conlleva la asunción de los errores.

Y Zapata no parece haberlo asumido.

#ZapataDimision es trending topic en twitter. Pero no es más que una etiqueta. En ese contenedor se albergan los comentarios de quienes piden que se vaya –Subpregunta para la que no sé encontrar respuesta: ¿Se puede pedir a alguien que dimita de un cargo por una acción, una serie de chistes de mal gusto, lejana en el tiempo y ajena al ejercicio de su cargo?-; se albergan los comentarios de quienes piden que se vaya, decía, y de los que le disculpan, ya sea acusando al Gobierno de fomentar la campaña contra Zapata o de añadir el contexto: una conversación al hilo de la polémica surgida en torno a un comentario negacionista del cineasta Nacho Vigalondo en Twitter. Y en la maraña de tuits, destaca uno singular: el de Irene Villa, uno de las daminificadas por los comentarios de Zapata. Y dice. “De verdad q ningún problema!! Mi chiste favorito es el q me define como la mujer explosiva ;)))”.

Zapata ha dimitido de su responsabilidad personal, es cierto. Pero el problema, y la polémica, es más complejo de lo que parece. Porque pedimos una dimisión cuando nosotros también hemos dimitido. Porque mantenemos un nivel de exigencia que no seríamos capaces de aplicarnos a nosotros mismos. Porque pedir la dimisión es fácil. Y porque la petición de dimisión, y creo que es una analogía acertada, es como sopesar la amputación de un miembro en un enfermo: siempre es una opción, pero no siempre es válida. Un esguince de muñeca se puede arreglar amputando el brazo, es cierto, pero es exagerado. Dejemos las amputaciones para miembros necrosados e imposibles.

Otra cosa es que hasta ahora hayamos estado amputando por esguinces de muñeca y protegiendo miembros necrosados (el lector sabrá encontrar ejemplos de cada caso). Pero ese es otro asunto. Perpetuar el error, aunque sea con la voluntad de asumir las consecuencias, no deja de ser un error continuado.

Porque en un análisis final, el problema no es el individuo, sino el colectivo. Porque sobreviviremos al tuit de Zapata. Pero dudo que sobrevivamos a una dimisión colectiva en materia de responsabilidad. Porque el gran cambio, la gran novedad, sería que fuésemos capaces de conciliar los verbos pensar, decir y hacer. Y que, dotados de esa coherencia personal, fuésemos capaces de exigirla. Sin fisuras. Sin conspiranoias. Sin, citando a Manuel Jabois, adversativas. Incluidas las propias. Sobre todo las propias.

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