La batalla perdida

Tras la derrota, el General se refugió en su mansión. Pensó en dedicarse a la jardinería –el clima, la riqueza de la tierra y los conocimientos de botánica adquiridos en largas noches de enciclopédica lectura hubieran convertido la finca en la más notable de las ya de por sí notables mansiones de la zona-, pero lo desestimó: le hubiera faltado paciencia. La caza fue una alternativa, y se refugió en ella un tiempo, hasta que una mañana, mientras apuntaba a un venado, sintió una rara forma de piedad, una clemencia que desconocía -y que achacó a la vejez, y a la derrota: nunca había dudado en mandar a racimos de hombres a una muerte segura si la operación, militarmente, lo exigía-. Fue incapaz de disparar a aquel imponente ciervo que se erguía sobre el horizonte de la colina, imperial, indefenso: inocente. “Sí –desveló a sus allegados -, inocente. No es que no pudiera dispararle: es que no encontré motivo”. Aquella confesión le costó buena parte de los pocos amigos que ya le quedaban, militares como él. “La vida retirada le ha contagiado la cobardía”, decían, con un gesto que nunca se supo bien si era de pena o de reproche.

Pensó en dedicar su tiempo a la repostería. Había comprado un libro de recetas en la librería de la villa, pero su repentina afición, unida a su célibe viudedad, hizo que los comentarios hacia él se volviesen cada vez más soeces y malintencionados. Incluso un amigo –dejó de serlo después del incidente- se atrevió a mandarle un ramo de violetas con una tarjeta tan burda, tan ofensiva, que le sumió en un silencio iracundo que duró semanas.

Cuando al fin rompió su mutismo, apenas dijo: “Ya he tenido suficiente”.

Con su arquitectura de buque herido, subió las escaleras a grandes y trabajosos pasos y se encerró en el desván.

Y ya sólo se oían sus bramidos, y un ruido de metales.

Las doncellas –quizá ya las únicas personas que le querían bien, no por el trato que el General les dispensaba, secó aunque cortés, sino por el inveterado cariño que conservaban por su esposa, a pesar de que ya contaban más de diez años desde su muerte- no pudieron evitar inquietarse, y escribieron una preocupada carta a Lady June, la sobrina única –y no sólo por eso preferida- del General.

“Estimada señora,

Le escribimos estas letras con hondo pesar, y como medida desesperada. Su tío, el General, lleva semanas encerrado en el desván. No responde a nuestras peticiones, ni permite que le acompañemos a sus aposentos. Ni siquiera baja al comedor a las horas convenidas: creemos que se alimenta por las noches porque resolvimos subirle una bandeja con comida antes del anochecer y cada mañana la encontramos vacía. De sus ropas y aspecto –pudimos verle de lejos, alguna vez, desde el jardín, haciendo grandes aspavientos tras el ventanal- lo más prudente es no hacer comentario alguno. Sólo le escuchamos gritos que no acertamos a entender; ni siquiera podemos asegurar que los pronuncie en nuestra lengua. Sólo eso: gritos y sonidos de metal que estalla. Somos –bien lo sabe- mujeres prudentes, y tememos que se le haya secado el cerebro. O peor aún, y que Dios nos perdone, podrido el alma. No podemos más que urgirle, por el cariño que se tienen, que venga a la mansión con la mayor celeridad posible.

P.D.: Para que se haga cargo de la gravedad de la situación, sepa que en la villa ya circulan comentarios que dudan de la cordura del general. Y algunos –ya sabe cómo son de maledicentes los vecinos- hasta de su hombría”.

Lady June tardó apenas diez días en aparecer por la mansión. Como quiera que el correo tardaba cinco en llegar a Londres, las doncellas suspiraron de alivio: la pobre joven se quedó tan preocupada con el contenido de la carta que a buen seguro había dejado la capital sin tiempo de leer la última frase.

-¿Dónde está?- preguntó la joven. Un estallido retumbó en toda la casa.

-En el desván, Lady June, como bien ha podido oír –replicó el ama de llaves-. Ya hemos perdido la cuenta de cuántos días lleva allí.

Con pasos prudentes y acompasados por el crujir de la madera, Lady June comenzó a subir la escalera. Tuvo miedo: en verdad las palabras de su tío parecían de una lengua ignota y, desde luego, lejana a cualquier civilización. En Londres le habían contado de sortilegios africanos y ritos paganos que enloquecían a los soldados ¿Sería su tío víctima de lo que ella misma siempre consideró leyendas para jóvenes impresionables?

Conforme avanzaba las escaleras ya pudo distinguir alguna de las frases que salían de la boca del General. Especialmente una: “¡Adams, hijo de mil demonios, le he dicho que no descuide el flanco!”. De repente, tronó un ruido atroz que arrancó un grito de las doncellas, que miraban desde el pie de la escalera: parecía que el techo se había derrumbado. Lady June subió las escaleras a toda prisa, temiendo que su tío, con la cabeza completamente ida, se hubiese herido.

Sin llamar, sin aliento, y con toda urgencia, abrió la puerta del desván.

El General, con el pelo enmarañado y barba de náufrago, dominaba el centro de la estancia. Las ropas, bañadas en sudor, se habían convertido en harapos. Blandía la pata de una mesilla de té como si fuera una fusta, quizá una vara de mando. Y –Lady June gritó de espanto- se dirigía a los objetos.

Adams, el hijo de mil demonios, no era más que un sofá desvencijado.

“¡Que la caballería no pierda la posición!”, bramó el General, dirigiéndose a un grupo de jarrones adocenados en una esquina y rotos por los bordes. “¡Los mosquetes! ¡Sigan disparando! ¡Ya están en retirada!”, urgió, mientras señalaba a varias cuberterías que yacían en el suelo. “¿Y los cañones? ¡Que no cese el fuego!”, ordenó, al tiempo que miraba con delirio a una serie de candelabros –los mismos que alumbraban la mesa en las cenas de Navidad que tanto añoraba Lady June, y que con tanto cariño preparaba la esposa del General-, que, tumbados en el suelo, apuntaban hacia un amasijo de sábanas, mantas y cojines que se arrinconaban junto al ventanal.

“Tío…”, suspiró Lady June, mientras el General seguía insultando a aquel sofá al que llamaba Adams.

“Tío…”, insistió con más fuerza, sin que el General le oyera: los cañones –los candelabros- no disparaban con la frecuencia que estimaba necesaria.

-¡General!-, gritó al fin con firmeza. Su tío se volvió

-¡June, querida! –La sorpresa iluminó su rostro-¿Qué haces aquí, cuándo has venido?

-¿Que qué hago aquí? ¿Aún te atreves a preguntarme que qué hago aquí? –El delirante espectáculo había privado a Lady June de toda la prudencia que cabe exigir a una joven londinense- ¿Qué es esto, a qué estás dedicando tu vida? Las doncellas están asustadas, temen por ti y por tu honor. La villa entera es un rumor, que se extiende en la voz de cada comerciante. Dicen que has perdido la cabeza, y algunos…

Lady June no pudo seguir. Como un relámpago, el rostro de Adams cruzó su mente: era aquel joven capitán del que tan bien hablaba su tío y que había muerto en la última batalla.

-Entiendo… Ahora entiendo- musitó Lady June-. Tío mío: la guerra acabó. Luchaste con todo tu honor, con todo tu orgullo. Adams murió, es cierto, pero no fue culpa de nadie: guerra y muerte, bien lo sabes, siempre caminaron de la mano. Luchaste, tío mío, General, pero todo se perdió. No ahondes en tu dolor reviviendo esa pérdida. No insistas, no te robes los años que te quedan. Todo eso ya pasó.

-Ay, chiquitina… Pequeña mía –sonrió el general, enternecido-. ¿De verdad piensas que lo que aquí ocurre, que lo que aquí hago, es revivir la derrota?

Hundida en el asombro, Lady June no halló palabras con las que contestar. Cuando al fin iba a replicarle, el General resopló. Toda la habitación se llenó de hastío.

– Sólo… Sólo intento –balbuceó el General- saber de cuántas formas podría haber ganado.

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