Una vez escribí un libro

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Aunque a veces se me olvide por desazón o desidia, es rigurosamente cierto: Una vez escribí un libro. Fue sin querer -es cierto-, y quizá por matar las horas perdidas, que ya estaban en realidad muertas, pero la cuestión es esta: que una vez escribí un libro, que al principio fue blog (este, que es un desastre de diseño y edición, con sus erratas incluidas) y que acabó haciéndose papel aquí (también como un desastre de diseño y edición, con sus erratas incluidas).

Supongo que casi un lustro después es hora de perder la vergüenza por haberlo hecho. Sí, una vez escribí un libro. Entre otras razones, por esto:

MARY ROYL. DRAWER IN COTTON. BORNED IN ECCLES, LANCASHIRE,
ENGLAND IN 1869. CENSED AT BARTON UPON IRWELL, LANCASHIRE, ENGLAND.

Esta Mary Royl, la de estos textos, nació exactamente a las tres de la tarde del 4 de septiembre de 2010 en la garita de Northlink Ferries del puerto de Aberdeen, Escocia. Cuando me dieron la tarjeta de embarque, en ella, misteriosamente, aparecía el nombre de Mary Royl. Quién sabe por qué. Pero de alguna forma, era un nombre sonoro y conmovedor. Mary Royl. Podría ser alguien.

Aquel viaje que arrancó en Aberdeen finalizó una semana después, por pura casualidad, en Dunkeld, muy cerca de donde había pasado su infancia y adolescencia la ilustradora y naturalista Beatrix Potter, una de las grandes autoras de cuentos infantiles de siempre. Dunkeld es un pequeño pueblo rodeado de bosques a la orilla del río Tay, que hace de frontera entre las Highlands escocesas y las Lowlands. Huelga decir que es encantador en cada detalle: puentes, prados, parques, caminos rurales, tiendas y teterías. Y alberga cierto aroma de nobleza: la casa de Dunkeld reinó en Escocia durante dos siglos.

De regreso a casa, el nombre de Mary Royl seguía resultándome sonoro. Hice una búsqueda en el censo británico y encontré una Mary Royl, la Mary Royl real, y, junto a su nombre, un breve epígrafe que es el que encabeza este texto. Fue una trabajadora en una manufacturera de algodón que nació en 1869 en Eccles –muy cerca de la industrial Manchester- y que vivió en Barton Upon Irwell, un suburbio de la propia Eccles.

El epígrafe, no obstante, decía algo más. Murió a los doce años.

No es difícil imaginar cómo debía ser la infancia en aquella Inglaterra victoriana, corazón e intestino del mundo. Y tampoco hace falta haber leído a Dickens para conmoverse ante la ruina, la injusticia, los abusos, la pobreza y la enfermedad que debieron ser la realidad inevitable de una niña que nunca tuvo tiempo de serlo. Mientras Beatrix Potter, allá en Dunkeld, jugaba en la naturaleza, Mary Royl, sólo unos kilómetros más al sur, moría un poco cada día trabajando en una fábrica de algodón. Hasta que dejó de existir, Con doce años. Con sólo doce años.

Si existe un cielo, el lugar más elevado, de mayor reverencia, debería ser para los inocentes. Y Mary Royl –la Mary Royl real- debería habitar en ese cielo.

Pero no sé si existe. Y la única manera de hacerle justicia que encontré es imaginarle lo que no tuvo: una infancia en el entorno de maravilla de Dunkeld. Una infancia algo real y algo mágica, con alegrías y sinsabores. Una eterna infancia en un entorno amable que sirva para algo tan simple como para reivindicar el derecho de los niños a ser niños. A ser sensibles. A ser inocentes.

Esta vida de Mary Royl que os cuento nunca existió. Aunque ojalá que hubiera existido.

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