Azúcar contra el ‘Chick lit’: Marian Keyes, o cómo morir (o casi) de moñez

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Arranquemos aclarando conceptos: El diario de Bridget Jones, querido lector no iniciado, es al Chick lit lo que el Quijote a las novelas de caballerías. Esto es, su momento culminante aunque no iniciático. Y dado que en este 2016 veremos a la adorable Bridget (o lo que Renée Zellweger ha dejado de ella) estrenar maternidad, conviene regresar a lo primigenio. Y en cuanto a Chick lit hablar de orígenes es hablar de Marian Keyes.

La respuesta completa a la pregunta ‘¿Y quién es esta Marian Keyes?’ se la podemos dejar a la Wikipedia. Como síntesis digamos que es una escritora irlandesa que camina hacia su 53 cumpleaños y a la que una crisis vital encaminó, hace más de 20 años, hacia la literatura como terapia. Y a un centro de desintoxicación, también. Pero quedémonos con la idea de literatura como terapia. En 1995, Keyes se estrenaba con Claire se queda sola, un título que no invita al optimismo, pero que se vendió como rosquillas y le facilitó un contrato por tres novelas. Keyes narró así la historia de Claire, que se descubre engañada por su marido un maldito (guiño, codazo) 15 de febrero, exactamente el mismo día que daba a luz a su primer hijo, y de cómo conoce a otro hombre mientras su ex trata de reconquistarla, siempre con chantaje emocional y engaños. Un drama en toda regla, vamos, escrito por una mujer en crisis y en pleno proceso de desintoxicación.

Pero.

Marian Keyes, pese a todo, tenía sentido del humor. Y lo contaba todo con sentido del humor. Con ironía. Con sarcasmo. Y sus personajes resultaban, de alguna forma, adorables ¿Cómo? De la misma manera en la que Hellen Fielding/Sharon Maguire/Renée Zellweger hicieron que Bridget Jones, futura Glenn Close en Atracción fatal (o no), lo resultara. Por ejemplo:

“Propósito número 1: evidentemente, perder diez kilos. Número 2: echar siempre las bragas de la noche anterior en el cesto de la ropa sucia. No menos importante, encontrar un novio amable y sensato, y no seguir estableciendo lazos afectivos con ninguno de los siguientes tipos: alcohólicos, adictos al trabajo, fóbicos al compromiso, mirones, megalómanos, gilipollas emocionales o pervertidos. Y sobre todo no soñar con una persona en concreto que encarna todas estas cualidades. Por desgracia, resulta que se trata de mi jefe, el director editorial Daniel Cleaver. Y debido a diversos motivos injustos relacionados con la fiesta de navidad de este año, sospecho que él no sueña conmigo.”

A colación de lo anterior, una anécdota que me contaron hace años ilustra lo que significa la -llamémosla- dicotomía Jones. Un amigo psicólogo me contó ciertamente alterado que había tenido que ir al cine con urgencia a ver, precisamente, El diario de Bridget Jones. Al parecer, en las dos semanas anteriores había recibido a un nutrido grupo de nuevas pacientes que le explicaban “¿Ha visto El diario de Bridget Jones? ¿No? Pues véala. Es exactamente lo que me pasa a mí”.

El humor, sí, es un arma defensiva absolutamente totalizadora. Una sonrisa es el mejor maquillaje emocional, y la autoironía un escudo que ríete tú del adamantium. Pero es un síntoma, también.

Marian Keyes no contaba historias; contaba su historia. Con humor en tercera persona, pero en realidad con autoironía. Y tenía éxito, y vendía libros a montones –Lucy Sullivan se casa, Un tipo encantador, Helen no puede dormir-. Y resultaba adorable, pero no adorada. Y depresiva, y toxicómana. Pero adorable. Pero depresiva. Pero toxicómana. Y, eso sí, con miles de pares de zapatos en su armario.

Así que, hundida entre aplausos, un día Marian Keyes se puso a cocinar. Pasteles. Uno. Y otro. Y otro. Y otro. Como si fuera una Martha Stewart sin cárcel ni problemas fiscales. O una Nigella Lawson sin drogas y con un tono menos… Menos Nigella Lawson. Hasta concluir en un libro de recetas… Con, cómo no, tintes autobiográficos. Y referencias a su pareja. Sin nombre propio. Himself. Él. Con mayúscula.

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Marian Keyes, por si ya os preocupa, está mejor. O eso dice. A base de azúcar, que hace las veces de Lorazepam. Su libro de recetas se titula, reveladoramente, Saved by cake. Salvada por los pasteles.

Y lo podéis comprar aquí.

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