Todo lo que tengo que decir sobre el burkini

[Advertencia previa, no por obvia menos necesaria: Esto es una opinión. Que puede estar equivocada. Que no es exógenamente vinculante. Y precisamente como opinión es prescindible]

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Para Ruby Bridges lo peor no fue el aislamiento. Ni los escupitajos. Ni el desprecio. Ni la soledad, que duró todo un año: una medida de tiempo excesiva para una niña de seis años. Para Ruby Bridges lo peor fue ver a aquella mujer que la recibió con un ataúd en el que reposaba una muñeca negra. Para cuando cumplió siete ya no hubo escupitajos. Ni desprecio. Ni soledad. Ni ataúdes diminutos y macabros.

Ruby Bridges es la niña de la foto que acompaña este texto. La niña que fue un campo de batalla. La obligada integración racial en las escuelas de la Luisiana de 1960, hasta entonces whites only, la llevo a ser, durante un año, la única negra en un colegio que era para blancos. Y sufrió todo lo posible. Y no quiso estar ahí. A cambio hoy, y desde hace décadas, la integración racial en las escuelas públicas de EE.UU. es un valor, y no un problema. No se discute. Es una realidad que hay que aceptar. Es un pilar social.

La imagen y la polémica del burkini en Francia, y la fotografía de la mujer que es obligada por la Policía a despojarse de él, me ha recordado el caso de Ruby Bridges. Por el presentismo y la perspectiva. Es verdad que la imagen violenta; es verdad que la imagen es injusta; es verdad que hay que plantearse con qué derecho la ley impide llevar a una mujer la ropa que desee. Pero también es verdad que la imagen de Ruby es injusta; que duele verla rodeada de agentes federales para evitar que sea linchada; que hay que plantearse por qué la ley obliga a pasar a una niña de seis años por semejante trauma. Y habría otras soluciones, entonces. Escuelas segregadas, quizá. Pero también había un valor superior: la igualdad entre razas. Y merecía la pena luchar por él. Esa es la perspectiva. El presente que fue el otoño de 1960 era, a falta de una descripción mejor, una mierda. Una auténtica mierda.

El velo integral es, antropológicamente, fruto de una imposición. De una religión que impide, en según qué acepciones, que la mujer muestre partes de su cuerpo para no deshonrar a su familia, y a sí misma. Es la expresión visible de una represión, que seguramente muchas de las que lo portan aceptan libremente. Pero es sensato pensar que en un número razonable de casos habrá mujeres que se oculten tras un velo por imposición. Y que preferirían no llevarlo.

Tal vez, y sólo tal vez, para esas mujeres, que la Policía, en nombre del estado laico que es la República de Francia, haga que una mujer se despoje del burkini sea una señal de liberación. Una llamada de atención hacia ellas, que se sabrán protegidas por la Policía y la Ley en el caso de que no quieran cumplir con las prácticas impuestas por el credo de su entorno –sea cual sea ese credo-. Que tendrán protección si un día deciden, ellas mismas, que no hay nada de malo en algo tan inocuo como llevar el pelo a la vista pública. Tal vez esa foto que nos escandaliza tenga otro efecto que calibrará el tiempo.

Estar a favor de la integración racial a través de la igualdad –un mismo colegio y una misma educación para blancos y negros- es fácil. La igualdad entre razas es una valor positivo, y no es discutible. Ahora bien, cuando la discriminación se sustenta en un credo, el relativismo cultural nos lleva a aceptar esa discriminación. Porque tiene un discurso detrás. Una tradición. Una cultura. Pero un discurso discriminatorio es discriminatorio se sostenga en lo que se sostenga.

La aceptación del burkini, sin más, no es tanto un punto final como un principio. Tal vez en el futuro se debata que por qué no puede ir a votar una mujer en burka. O, como ya pasó en España, por qué no puede declarar en un juicio vistiendo un burka. O por qué no puede fotografiarse en burka para obtener un pasaporte, o un documento de identidad. No sé si a mí, en las (posibles) elecciones de esta Navidad, me dejarían votar portando un pasamontañas. Supongo que no: es necesario presentar una acreditación de identidad, y que la identidad se corresponda con la de la persona, para poder votar. Y seguramente no hay nada más personal que el propio rostro. Me tendría que quitar el pasamontañas y no se consideraría discriminatorio. Ahora bien, tal vez con un burka –ignoro lo que dice la Ley, pero aplico el sentido común- el problema sería de discriminación religiosa.
(También, añado, es sintomático que, hasta donde tengo noticia, no haya habido problemas por el voto de una mujer que llevase burka. Quizá porque no ha ido a votar con esa prenda. Quizá porque quiso abstenerse. Pero quizá también sea posible que su entorno, que le resta derechos, también ha convenido que debe prescindir de su derecho a votar)

Y, a mi entender, el Estado está por encima de los credos. Debe estarlo.

Y uno de los sentidos del Estado es proteger a los débiles y evitar las discriminaciones.

La polémica del burkini es compleja, complejísima. Es elegir entre dos discriminaciones: la del Estado hacia la mujer que, libremente, lo lleva o la del entorno de esa mujer que le hace llevar, queriendo o tal vez no, una prenda concreta. No existe sin duda una única solución de consenso. No es una realidad binaria, donde bien y mal se distingan sin margen para el error.

En mi caso –y es un criterio personal, tal vez errado, e insisto, no vinculante- el derecho colectivo, el valor supremo, está por encima del caso concreto. Como sucedió con Ruby Bridges. El riesgo de perpetuar, hasta de consentir, algo que da pie en un número razonable de casos a una discriminación de género es inasumible.

Tal vez la lucha no debiera ser la defensa de la libertad a llevar burkini, o cualquier tipo de velo. Tal vez la lucha debiera ser por defender la libertad de quien no quiere llevarlo. Y para hacerlo habrá que generar situaciones incómodas, cercanas a la violencia.

Como fue incómodo y cercano a la violencia que esa niña de seis años llamada Ruby Bridges tuviera que ir al colegio durante todo un año protegida por agentes del FBI. Y después, la vida siguió, y la sociedad fue más igual.

Lo que fue, a todas luces, una victoria para todos.

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3 comentarios en “Todo lo que tengo que decir sobre el burkini

  1. Si yo voy al Yemen podré también seguir mis costumbres de llevar pantalon corto porque hace muchisimo calor o seré castigada, torturada y dilapidada. Creo en mi humilde opinión que se comparan peras con manzanas. Cada uno es libre pero uno ha de adaptarse a las normas, leyes y legislacion del pais en el que vives. Y no porque en España esté permitido beberme una cerveza en la calle sin poner una bolsa de papel tapandola voy a ir a EE.UU. y me voy a beber una cerveza en la calle sin poner su correspondiente bolsa de papel, porque estaré expuesta a que me pongan el castigo o sanción que prevea su legislación. Que es una absoluta estupidez SI pero he de adaptarme a sus normas. en el caso del burkini que no quieres aceptar las normas que impone Francia no vayas a sus playas y disfruta de tu burka en tu casa. Y comparar esto con la segregación racial que se produjo en Estados Unidos creo que es exagerado, repito es mi humilde opinion.

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