¿Qué le dice el urbanismo de Washington DC a Donald Trump?

(Porque qué es un blog sin un análisis precipitado sobre las presidenciales estadounidenses)

Las ciudades, a veces, hablan. Y en muchas ocasiones también se leen. El Eixample de Barcelona es un ejemplo: construido a finales del siglo XIX, coincidente con la Renaixença catalana, el noménclator de las calles horizontales es un relato. Empezando por Gran Vía (de los Corts Catalanes), y siguiendo por Diputació y Consell de Cent, estas tres calles llevan el nombre de distintos órganos de Gobierno de la ciudad y del Principado catalán. Le siguen, en orden ascendente, Aragó, València y Mallorca; esto es, los tres reinos que formaban parte de la Corona de Aragón y que continuaban siéndolo en la época de la construcción del Eixample. Y después, y también en orden ascendente, Provença, Roselló y Córcega, territorios que, siendo parte de la Corona de Aragón, entonces y ahora formaban parte de otros países.

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Las ciudades se leen. Pero hay que saber leerlas.

Y de todas las ciudades del mundo, el relato de Washington DC es quizá el que más alegorías sobre cómo ejercer el poder ofrece.

Fundada en 1790 con el objeto de ser capital de los Estados Unidos de América, el diseño de L’Enfant, urbanista original, se ha ido transformando con el tiempo y el impacto de la historia.

Empecemos ubicándonos en la Casa Blanca, residencia del Presidente y sede del poder Ejecutivo. El edificio está alineado (podéis seguir el relato viendo aquí el mapa del DC) con el Monumento a Jefferson, levantado en 1934 y que mira directamente a la Casa Blanca. Jefferson, tercer presidente de EE.UU. y uno de los padres del país, fue el que con más vehemencia defendió que la Constitución debía reflejar la separación de poderes. Y lo logró. Jefferson, de alguna forma, mira a la Casa Blanca y recuerda a su titular –Donald Trump a partir del 20 de enero- que solo detenta una rama del poder.

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En el eje opuesto al brazo que formarían la Casa Blanca y el Monumento a Jefferson están el Capitolio y el Monumento a Lincoln. El Capitolio alberga las dos cámaras que detentan el poder Legislativo de EE.UU., Congreso y Senado, y está sometido a la mirada del 16º presidente de EE.UU.: El hombre que fue capaz de llevar al país a una Guerra Civil para impedir su división. El Memorial de Lincoln, concluido en 1922, recuerda al Legislativo no solo que es una única rama del poder, y que la divergencia está por debajo de la Unión. Es decir, que el derecho de los Estados que forman la Unión están protegidos por la Unión, y no fuera de ella.

En el cruce de ambos brazos se ubica el Monumento a George Washington, un obelisco que, como tal, tiene multitud de interpretaciones, pero la más obvia es la fidelidad a la visión del primer presidente de la Unión. A la raíz del país.

¿Y dónde queda la tercera rama del poder, el Judicial? En la sede del Tribunal Supremo, una edificación de 1935 ubicada detrás del Capitolio, fuera de la visión de la Casa Blanca y del área del rombo en el que se circunscribe la cruz formada por los Monumentos a Lincoln y Jefferson, por la propia Casa Blanca y por el Capitolio. La lectura de su posición es evidente: el poder Legislativo defiende al Judicial de la amenaza del Ejecutivo. Es decir, la Ley es la espada de la Justicia ante el poder. Una lección que Richard Nixon no supo entender, como quedó claro en el Watergate y en la entrevista con David Frost: “Cuando el presidente lo hace, significa que no es ilegal”.

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Las tres ramas del poder en EE.UU. se defienden con el tiempo: el Ejecutivo se renueva cada cuatro años; el Legislativo parcialmente cada dos, con sus miembros detentando el cargo durante seis; y los nueve miembros del Judicial son cargos indefinidos, pero nombrados por el Ejecutivo de acuerdo con el Legislativo.

Queda la duda, en este momento razonable, de si Donald Trump será capaz de leer en el urbanismo de Washington DC para entender la relación entre poderes del país que gobernará. Tal vez aprenda la lección de la simbología de la capital –un Memento Mori incruento- cuando, tras jurar el cargo ante el Presidente del Supremo en la escalinata del Capitolio, camine por la Avenida Pensilvania hasta la Casa Blanca.

Eso ocurrirá el próximo 20 de enero. Y solo tendrá que alzar la vista.

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