Asociación de Víctimas de ‘La La Land’

‘La La Land’ es una trampa. Una trampa hecha de música, baile, la sonrisa displicente de Ryan Gosling y los ojos –tantos ojos- de Emma Stone. Es una trampa emocional, pero una trampa. Pero –eso nunca- no huyáis, insensatos.

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Para hallar un cuerpo celeste en el espacio no es necesario localizarlo. También podemos inferirlo. Esto es, en función de lo que conocemos y por las circunstancias del entorno podemos deducir que en tal punto debe haber un planeta. Sencillamente porque el orden y las leyes que conocemos nos indican que para que ese orden pueda existir, ahí debe haber un planeta. Que no hemos visto, que tal vez nunca veamos. Pero sabemos que está ahí.

Algo parecido ocurre con La La Land. Creemos que hay una historia, pero en realidad solo la inferimos.

Seb y Mia se quieren. Se quieren mucho: por eso bailan y cantan, y canta y bailan. Y vuelan, si es preciso, mientras cantan y bailan. Tienen sueños, tienen pasado. Ella quiere ser actriz. Él, tener un club de jazz. Y, realmente, no sabemos mucho más de ellos.

Y sin embargo, salimos del cine creyendo saberlo todo. Y haciendo lecturas de su historia. Aunque realmente no sepamos mucho más de ellos.

Salimos del cine manipulados. Bella y voluntariamente manipulados, pero manipulados.

La carencia de detalles de la historia y el hecho de que esté construida sobre esquejes muy básicos –chico y chica soñadores se conocen pero no pueden cumplir sus sueños y con el amor no les basta- la convierten en universal. No por completa, sino por esquemática. Todos escondemos una frustración. Un ‘qué hubiera sido’. Un ‘qué hubiera pasado’.

Y es en ese preciso punto cuando inferimos una historia. Un planeta. En psicología se llama proyectar: atribuir a otro cualidades, positivas o negativas, de uno mismo. Y en La La Land nos proyectamos. Proyectamos nuestra historia, nuestras historias, en ese esquema de mínimo común denominador que es la relación entre Seb y Mia. Lo poco que sabemos de ellos. Y caemos de bruces en la trampa emocional. Y nos conmueven, aunque en realidad nos conmovemos. Porque La La Land no es tanto la película que vemos como lo que nos cuenta de nosotros.

Y por eso es una trampa. Una trampa bellísima, eficaz, y en la que es un error no caer. Hay que ser víctimas de La La Land. Debemos serlo. Y encontrar, con suerte, un poco de paz en uno mismo.

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