Por qué George Martin fue el ‘quinto beatle’ (y era tan importante)

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Cuando The Beatles, en 1962, entraron por primera vez en los estudios de EMI en Abbey Road se encontraron tres cosas: un enorme bote de caramelos de menta, un cartón de cigarrillos Gitanes y a George Martin.

George Martin (1926-2016) trabajaba para EMI en el sello Parlophone, dedicado a grabaciones menores –discos cómicos, entre ellos de Peter Sellers– y tradicionalmente al jazz. De sólida formación musical, el contraste entre Martin de 36 años entonces, y The Beatles, que entonces eran poco más que cuatro chicos de Liverpool con nula formación musical y con una imagen moderadamente aseada, fruto del trabajo de Brian Epstein, era enorme. No eran sólo los 15 años que les separaban. Eran la procedencia, la educación, las maneras, la guerra.

Pero tenían en común la música. La creatividad de, básicamente, Lennon y McCartney necesitaba vehicularse, canalizarse hacia algo en concreto. Y Martin fue ese canal.

¿Cómo? Sabiendo interpretar las intuiciones de The Beatles. De muchas maneras. Por ejemplo, de estas:

En 1967, mientras trabajaban en la grabación de Penny Lane, Paul McCartney comentó a Martin que había escuchado una trompeta maravillosa en un concierto de música clásica en la BBC –Martin también había trabajado en la BBC- y que quería ese sonido en la canción. Martin supo encontrar el instrumento al que Paul se refería y dibujar un fraseo que encajase en la canción.

Un año antes, cuando The Beatles trabajaban en la confección de Revolver, John Lennon indicó a Martin que en una determinada canción, Tomorrow Never Knows, su voz sonara como la de “un lama que canta desde lo alto de una montaña”. Martin recurrió a un nuevo tipo de altavoz, que se usaba habitualmente en los teclados Hammond, para filtrar la voz de Lennon, y poder duplicarla. Y consiguió lo que Lennon quería.

En ocasiones, Martin también completaba las carencias de los propios Beatles. El 18 de octubre de 1965, durante la grabación de In my life, Lennon pidió al productor que introdujera un puente en la canción, una frase de piano que resultase “barroca”, en palabras de Lennon. Ante la imposibilidad de conseguir un clavicordio, Martin grabó una línea de piano y, jugando con la velocidad de producción, logró encontrar el tempo y el sonido que pedía Lennon.

Pero a veces los casos eran casi imposibles. McCartney querían que en A day in the life, la canción que cierra Sgt. Pepper’s incluyera una orquesta que tocara, a falta de la literalidad de la frase, un sonido apocalíptico. Habían trabajado en distintas soluciones que no resultaban. Así que Martin dispuso una partitura para una orquesta de 40 músicos con 24 puntos fijos –de la nota más baja a la más alta- con la única indicación de que llegasen a cada uno de esos puntos en un determinado compas ¿Y el resto? Improvisación pura. El resultado fue este:

Y luego está su trabajo en Abbey Road, el indiscutible peso de Martin en la legendaria cara B del álbum. Para entonces, verano de 1969, The Beatles estaban en plena descomposición. Las sesiones de Get Back/Let it be habían sido un desastre, e incluso The Beatles habían roto parcialmente con George Martin y los estudios de Abbey Road: Lennon pidió a Phil Spector que produjera aquel álbum, que nunca vio la luz a la manera de Spector. En aquel verano de 1969, The Beatles apenas podían trabajar juntos, y el material que tenían era pobre para resultar un álbum: incompleto, deslavazado y desilusionado. Fue George Martin el que rescató esa colección de retales y convirtió ocho cortes musicales que difícilmente se sostenían por sí mismos en uno solo, bajo un mismo hilo conductor orquestal. Y lo que pudo ser un desastre sin paliativos acabó siendo uno de los mejores trabajos de The Beatles, y por ende uno de los mejores de la historia del pop.

Cuando en 1962, The Beatles aterrizaron en los estudios de EMI necesitaban, de alguna manera, un tutor. Un padre. Ése fue George Martin: el padre musical de The Beatles. El quinto de ellos, sí. Pero tal vez el primero.

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