El ‘Brexit’, Cameron, la investidura y el PSOE

[Pensad, cuando lleguéis al final de este texto –quien llegue-, que he resistido la tentación de titular: ‘La investidura es… como un toro’]

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Susana Díaz y Pedro Sánchez | C. Márquez (El Mundo)

Cuando en pasado 23 de junio el Reino Unido se despertó fuera de Europa –aunque Farage ni siquiera seguía ahí- la crítica hacia David Cameron, ex premier británico, fue tan abundante como centrada en un punto. Cameron erró al convocar el referéndum, ya que sometió a todo el país, al futuro de todo el país, a una decisión de calado interno dentro de los conservadores.

Cuando en 1992 el Reino Unido firmó el Tratado de Maastrich, los tories sufrieron una convulsión interna. Con el euroescepticismo, disfrazado de nacionalismo excluyente, como excusa, una escisión de militantes del partido dio a luz al UKIP, que se hizo fuerte, paradójicamente, en el Parlamento Europeo y contagió a los conservadores de su escepticismo. El universo Tory se dividía entre euroescépticos y proeuropeos, y Cameron, para evitar una escisión en el partido y para frenar su propia debilidad, usó a Gran Bretaña como excusa. El resultado es conocido: un Brexit que no se sabe cómo ejecutar y un partido conservador más débil. Más débil por intentar solucionar externamente una cuestión interna.

Algo así –el paralelismo es de trazo largo- le sucede al PSOE con la investidura.

En el PSOE, ahora mismo, conviven militantes partidarios de la abstención en la sesión de investidura de Rajoy tras las segundas elecciones con quienes defienden el no a un segundo mandato del presidente en funciones. Ese es el centro del retrato. En la esquina izquierda del marco se ubica Unidos Podemos, más todas las confluencias, que amenazan con ocupar el eje de la izquierda española, predio del PSOE al menos desde 1977. En el eje derecho, el sector más moderado que ve en Ciudadanos un posible refugio, alojamiento temporal y en número menor definitivo en el caso de que el PSOE se traicione a sí mismo. O, más concretamente, a lo que ellos quieren que sea. Y como nota de color ese PSC que solía anticipar las distintas crisis del socialismo español.

El retrato, por cierto, no lo firma Pedro Sánchez. Lo firma Susana Díaz, con su particular sentido de la luz y del color. Pedro Sánchez no es el autor: es el retrato.

La división del PSOE respecto a la investidura no es del grupo socialista en el Congreso, es del partido en sí. Es de orden interno, pero se convierte en orden externo al hacer depender la formación del Gobierno del sentido de su voto. Lo que es irreprochable. La cuestión es si es acertado.

La tesitura ante un no del PSOE a Rajoy, y ante la inviabilidad aritmética de una alternativa de Gobierno que durase algo más que dos meses, es la de afrontar el congreso federal de otoño, presumiblemente en octubre, como un navajeo entre Susana Díaz y Pedro Sánchez con ventaja para la andaluza. En pleno periodo preelectoral. Y con Podemos comiéndole el alma –y los votos- en un juego cuyo premio es el liderazgo de la oposición. No es cosa menor.

(El PSOE, por poner contexto, ha pasado de los casi 11,3 millones de votos cosechados en 2008 a 5,4 el pasado 26-J. El margen de error es quimérico)

Una alternativa razonable pero no planteado en voz alta es que en algún punto de la próxima investidura el PSOE diese libertad de voto a su grupo parlamentario. Es decir, que cada diputado vote en conciencia.

Sería un ejercicio de riesgo. Sería exponer a la luz pública el debate interno de los socialistas –como si no estuviera ya expuesto-. Crearía incomodidades a una organización dada a la reyerta, a las baronías y a los grupúsculos, más o menos organizados, internos.

Pero once abstenciones –casi el 13% del grupo parlamentario, que no es poco- desbloquearían el marco político español y evitarían unas terceras elecciones. Once abstenciones que podrían -o no- darse.

Cameron se equivocó al tratar de resolver desde el gobierno una cuestión interna de los conservadores. Tal vez el PSOE se equivoque al tratar de resolver sus diferencias internas con un no en bloque a la investidura de Rajoy. Porque mete la gobernabilidad del país como un factor en la batalla interna del socialismo. Y olvida que, hoy y ahora, el PSOE lideraría la oposición. El escenario de unas terceras elecciones abre la posibilidad de que el sillón de la izquierda del hemiciclo, que han ocupado como líderes de la oposición Felipe González, Joaquín Almunia, Josep Borrell, José Luis Rodríguez Zapatero, Alfredo Rubalcaba o el propio Pedro Sánchez, pase a ser ocupado por Pablo Iglesias.

La libertad de voto de un grupo parlamentario tiene al menos un precedente reciente. El PSC dio libertad de voto a sus diputados cuando se votó en el Parlament la ILP para prohibir la tauromaquia en Cataluña. Y si una cuestión de esa gravedad sirvió para apelar a la conciencia, con mayor razón la investidura de un presidente.

Porque el PSOE, aunque al propio partido le cueste verlo, tiene un futuro. Que no es evitar a Rajoy a toda costa: es volver a ser, de verdad y sin voluntarismos electoralistas, un partido con posibilidades de gobernar.

Que es exactamente lo que no es hoy.

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